lunes, 14 de enero de 2013

SYLVIA PLATH



LESBOS

   ¡Qué lacra, la cocina!
Las patatas silban como ofidios.
Es Hollywood, sin ventanas,
la luz fluorescente pestañeando cual inaguantable jaqueca,
las puertas esquivas tiras de papel:
cortinas de teatro, crespo rizo de alféizar.
Y yo, amor mío, embustera patológica,
y mi hija: mira su rostro, allá, en el suelo,
como muñeco aún sin romper, esforzándose por desaparecer:
su faz, roja y blanca, da miedo,
dejaste sus gatitos ante su ventana
en una especie de hoyo sin cemento
donde se ensucian y vomitan y ella no lo siente.
Dices que no la aguantas,
la condenada.
Tú, que reventaste tus tubos como una mala radio
limpiándolos de voces y de histeria, ruido estático
de lo nuevo. Dices
que debieras de haber ahogado los gatitos. ¡Qué mal huelen!
Dices que debieras de haber ahogado
a mi niña. Se cortará la yugular a los diez años
ya que a los dos está loca. El bebé
sonríe, rechoncho caracol,
desde los rombos lucientes de hule color naranja.
Tú lo comerías. Es niño. Dices
que tu marido no te va. Su madre 
judía guarda su dulce sexo como una perla.
Tienes un bebé, yo tengo dos.
Me sentaría en una roca de Cornualles peinándome el cabello.
Me pondría pantalones de piel de tigre, debería tener un bello
amante. Debíamos encontrarnos en otra vida, encontrarnos en el cielo,
   tú y yo. Entretanto
hay un hedor a grasa y caca de niño.
Estoy aturdida, abotagada por mi último soporífero.
El vapor de la cocina, el humoniebla del infierno
nos sobrevuela, dos venenos incompatibles,
nuestros huesos, nuestro pelo.
Te llamo huérfana, huérfana. Estás enferma.
El sol te da úlceras, el viento tuberculosis.
Solías ser bella.
En Nueva York, en Hollywood, los hombres ya decían: “¿Ya?
La verdad, chica, estás de espanto.”
Teatro, teatro, teatro, la emoción, nada más.
El marido impotente se escapa, a tomar café.
Yo trato de tenerle en casa, pararrayos
viejo, los baños ácidos,
la exuberancia que le alejaba de ti.
Él va tragándolo todo, pedregosa cuesta abajo,
como furgoneta cansina. Las chispas son azul turquí.
Las viejas chispas azules están allí,
derramándose fragméntanse en luces mil.
JEAN MCLANE

   ¡Oh joya! ¡Oh valiosa!
Esta noche la luna
arrastraba su saco de sangre, animal
enfermo
faro arriba. Y luego
normalizóse, dura
y separada y blanca. El lucir
escalado en la arena que asustábame de muerte.
Íbamos recogiendo puñados de arena, gozándolo, trabajando como negros, cuerpo mulato,
el raspar sedeño.
Un perro recogía a tu perruno marido. Él seguía adelante.

   Ahora, silente, cubierta
de odio hasta el cuello,
espeso, espeso.
No hablo.
Empaqueto las duras patatas como ropa cara,
empaqueto a los niños,
empaqueto los gatos enfermos.
Oh envase de ácido, es amor
lo que empapa. Sabes a quien odiar.
Él abraza sus hierros junto a la puerta:
ábrese y el mar la penetra, negro y blanco,
para ser vomitado luego de un tranco.
Cada día que pasa le llenas de sentimentalina,
como una jarra. Estás agotadísima.
Tu voz agita y sorbe mi pendiente,
murciélago hematófilo. Eso justamente,
eso justamente. Por la puerta escrutas,
bruja. “Todas las mujeres son putas,
pues no hay comunicación, no hay puente.”
Veo tu decoración bonita
cerrársete encima como puño de bebé
o anémona, novia
del mar, cleptómana. Sigo
sin experiencia,
quizá vuelva, digo.
Del embuste conoces bien la ciencia.

   Ni siquiera en tu Zen volveré a verte.

(Traducción de Jesús Pardo) 

2 comentarios:

Unknown dijo...

LA MUJER EN LA POESÍA. Hermosa elección.
"Esta noche la luna
arrastraba su saco de sangre, animal
enfermo"
Preciosa imagen de la realidad

vicente barberá albalat dijo...

Celebro que te gusten estos versos de la célebre y atormentada poeta norteamericana que prefirió suicidarse llenando sus pulmones de gas, a los 30 años y dejando a sus dos hijos huérfanos.

Su poesía es desgarradora y cruel.

Un abrazo muy fuerte.